Tienen los viajes algo de preconcebido. Buenos y malos prejuicios. La historia del individuo que anhela salir de su zona de confort en busca un nuevo territorio en el que, irónicamente, sentir un embrujo confortable.

Quien llega por primera vez a Japón no suele aspirar a más de lo que desea cualquier novato transoceánico. Es un turista modélico, de libro, de esos que planean el viaje con las ansias de haberlo rumiado durante toda una vida. Toma la decisión envalentonándose una tarde espídica. Reserva el billete y antes de lo que cree ya ha aterrizado en Narita, sintiéndose a merced de lo que un país tan distinto tenga a bien ofrecerle.

“El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla”, decía Paul Bowles. Sin embargo, el viajero, aquel que no posee un billete de vuelta “la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan”. Qué hay, pues, de esos viajeros. De los aventureros. De aquellos que salieron del mismo lugar que los turistas pero que todavía no han regresado. Nadie suele reparar en ese reducido grupo de españoles que conviven con los japoneses y que, lejos de colonizarlos, buscan un espacio común en el que simpatizar con todo. Sus reflexiones, por lo general, rezuman el mismo aroma: “Yo vine a Japón porque quería salir de España. Tenía hambre de descubrir el mundo”. Palabras similares a éstas de Héctor García Puigcerver (Calpe, 1981) veterano en Tokio y un claro referente para cualquiera al que se le haya pasado por la cabeza planear un viaje a Japón. Su visión mixta, a caballo entre las dos culturas tras catorce años en Tokio, vuelven su historia apasionante:

Héctor desembarcó en la isla motivado por su sed de aventura. Al poco tiempo fundó Kirai, un geek en Japón, uno de los blogs culturales más famosos desde los albores de Internet. Cuando llegó, a Héctor le chocaba todo. El ambiente era muy distinto al de su Calpe natal. En aquella época no había nada relativamente parecido a Youtube, ningún blog acerca del país: “Hoy en día tú quieres visitar un sitio y puedes verlo a través de internet. Tenemos tanta información que es difícil sorprenderse.” La visión que Héctor tenía entonces de la cultura japonesa era Karate Kid y las películas de Kurosawa, aunque poco a poco fue aprendiendo y apreciando todo lo que era diferente: “Al principio, cuando llegas, sientes que te han soltado en mitad del país, porque vas por la calle, ves los carteles o los periódicos… ¡y no entiendes nada! Todo es más sensorial. Tu mente vuelve a un estado de como si fueras un niño.”

Totalmente cierto. Nada más aterrizar, la explosión sensitiva es abrumadora. Los símbolos lo inundan todo. Puede que debido a esa preocupación hacia el turista —de hacerle el camino más fácil— el modo de narrar, de transmitir, en Japón, es completamente icónico. Hasta los anuncios relatan una historia con guión cerrado.

Pero sigamos. En la época en la que Héctor llegó a Japón, en Tokio apenas había españoles. Aún quedaba mucho para que Twitter o Instagram conectaran nuestras vidas. Por eso decidió inaugurar su blog y empezar a relatar experiencias. Héctor se ríe al sugerirle que su blog fue el primer Instituto Cervantes de la capital nipona. Pero es que fue así realmente. La página funcionó como un aglutinador cultural que no tenía nada que envidiar a cualquier red social futura: “Era fascinante: La gente usaba los comentarios para hablar de todo. Era como Facebook. Hasta monté un wiki de españoles en Japón”.

Ahora mismo pensamos en la escasa presencia de españoles en la isla y da la sensación de que parece muy reciente. Sin embargo, todo viene de muy lejos. Los primeros que llegaron a Japón lo hicieron en el siglo XVI. Se trataba de grupos de jesuitas con intención colonizadora que alucinaban con las costumbres japonesas. Los japoneses, en cambio, apenas eran capaces de distinguirnos de los portugueses. Todos apestábamos igual. “Esta gente no para de ducharse —cuenta Héctor—. En aquella época, en Japón ya se entendía a nivel intuitivo que mantenerse limpio era importante. Los europeos llegaron aquí y mandaron informes diciendo: “nosotros somos unos bárbaros comparados con esta gente”. No era tan fácil comerles la cabeza. Decidieron que era mejor aprender de ellos”.

Héctor cree que para colonizar es más importante el brainwashing (lavado de cerebro, literalmente) que la actuación bélica. Concebir la invasión de una manera más intelectual. Puede que los colonizadores lo intentaran. Aunque lo cierto es que un siglo después de que los jesuitas llegaran, Japón echó a los cristianos y prohibió la entrada extranjera en la isla. Se negaron a admitir cualquier cultura que viniera de fuera. Se ve que el brainwashing no funcionó. Algo debió de fallar.

Tras varios siglos de proteccionismo, en el XIX llegó la modernización y una nueva apertura. Los tanteos entre España y Japón fueron mínimos aunque, sorprendentemente, de fascinación mutua. “Los españoles somos muy de piña —explica Héctor—. Vamos todos juntos. Y esto de la piña es algo súper español, pero también súper japonés. Aunque es cierto que la manera de formar piñas de cada uno es muy diferente”. Al parecer, también compartimos el gusto por los platos pequeños. Al japonés le encantan las tapas. Se agobia con el concepto de primer plato, segundo y postre. Entra dentro del grupo de costumbres —muchas, en realidad— que no comprenden. Aunque hay otra cosa que supone una ventaja para los españoles y es que el japonés también se escribe como se habla: “Los españoles tenemos reputación de aprender buen japonés”—afirma Héctor.

Curiosamente, también sucede a la inversa. Hay bastantes japoneses que se interesan por lo hispano. El Instituto Cervantes, el de verdad, el que tomó el testigo a la wiki de Héctor, se inauguró en 2008 en Tokio. Actualmente presume de ser el más grande del mundo y, gracias a él, los japoneses pueden acercarse a nuestra cultura de manera oficial. Antes sólo estaba la Casa de España, gestionada por los propios japoneses, o las clases de español en las universidades niponas. Se calcula que hay un total de 100.000 estudiantes de español en todo Japón.

Antonio Gil de Carrasco, director del Instituto Cervantes, ha viajado por medio mundo como abanderado de la cultura hispana. Además de acopiar idiomas y experiencias, lleva media vida entre Reino Unido, Egipto, Israel, Siria, Líbano, Estambul, Seúl y, ahora, Japón. Antonio explica que el tipo de estudiante japonés, ése que se interesa por la cultura hispana, lo hace por motivos socioculturales, no por necesidad. Analizándolo detenidamente, es razonable: “Esto está en medio de ninguna parte, lejísimos de cualquier punto donde se hable español. No estudian porque les vaya a servir para el futuro.”—dice.

Las encuestas del Instituto Cervantes reflejan una realidad palpable: el alumno medio que estudia español en Tokio lo hace por hobby, porque le gusta la historia de México, la cocina española o porque está fascinado por el Real Madrid.

Este último dato es completamente verificable. El furor por nuestro fútbol es un hecho innegable. En lo alto de uno de los edificios que rodean la famosa plaza de Shibuya (la Plaza del Callao japonesa), el ático de la galería comercial está dedicado a un mini-campo para niños patrocinado por la Federación Española de Fútbol. Las tiendas de deportes reciben a sus clientes con las últimas novedades en camisetas del Barça y del Real Madrid. Predominan incluso sobre los de la liga oficial japonesa.

“Los japoneses son muy de coger cosas de fuera y japonesizarlas—explica Héctor, al hilo de esto—. Pasó con el jamón serrano. Estaba prohibido importarlo a Japón hasta que se legalizó. Al principio era carísimo pero poco a poco se ha ido introduciendo en la cocina japonesa. Yo he visto tonkatsu con jamón. Estoy seguro de que hasta existe sushi con jamón serrano”.

Así que el hecho de que nos “japonesicen” el jamón puede tratarse de un buen síntoma. Demuestra un interés creciente por nuestra cultura y por las del resto de países de habla hispana.

A pesar de que los cursos de español del Cervantes aún están lejos de completar el cupo de 6000 plazas, el equipo del Instituto confía en que la proximidad de los Juegos Olímpicos de 2020 aumente las inscripciones. Ya hay alumnos matriculándose para manejar una lengua predominante en 21 de los países que participarán en el evento. “El Cervantes no sólo se ocupa de conectar Japón con España —expone Antonio—. El Instituto pretende ser la casa de la comunidad hispana. Las 16 embajadas latinoamericanas que hay acreditadas en el país hacen aquí sus actividades. Eso nos da un plus porque hay una cultura hispana que abarca los cinco continentes”.

A diferencia de los cursos, las actividades culturales del Instituto sí están llenas. Son el verdadero motor en la vida del centro. Teresa Iniesta, gaditana a cargo de la gestión cultural, es una mina de anécdotas relacionadas con el país y su gente: “Un japonés no te habla español si no lo habla perfecto” —afirma. Al parecer, les cuesta mucho intervenir en las clases. Otro choque frontal entre las culturas, fruto de ese individualismo nipón que encierra a las personas en su intimidad.

Teresa lleva ya seis años en la capital japonesa y cree que para cualquier mujer española con una carrera profesional es muy difícil hallar pareja: “Los japoneses conciben la vida de otra manera y las españolas no cuadran en esa manera de organizarse. Las mujeres japonesas son las primeras que están deseando casarse para quedarse en casa. No hay mentalidad de que tú, como mujer, tengas una carrera y no la vayas a abandonar para casarte. Como no te van a controlar ni te van a tener en casa haciéndoles la comida, les choca. Se sienten inseguros”.

Según Teresa, el boom económico de hace décadas provocó que la mujer se quedara en casa como signo de estatus social. Pero hoy en día todo ha cambiado. Para alcanzar ese mismo estatus, los hombres tienen que trabajar mucho más tiempo por menos dinero. Afrontan jornadas laborales extenuantes. De hecho, es fácil verlos dormitar en el metro. “Hay 10.000 hombres al año que mueren de agotamiento laboral —revela—. Se mueren de cansancio. Se caen delante del ordenador”.

En Japón, cuando entras a trabajar en una corporación te debes a tu empresa. Te casas con ella. Y como los japoneses tienen un concepto de comunidad muy intenso, la responsabilidad hace mella. La piña que mencionaba Héctor, pero a su manera. Si te coges vacaciones afectas a tus compañeros. El metro cierra a medianoche para que la gente vuelva a su casa. Por eso, Héctor García opina que es imprescindible introducirles en el concepto de “la chapuza”.

Una chapuza a su debido tiempo es una herramienta fabulosa para tener una buena vida —explica—. En mi trabajo, llega el viernes, hay algún problema y al primero al que llaman es a mí, al español. Aquí, en Japón, cuando algo se rompe, todos se espantan, nadie quiere tomar responsabilidad. Lo paran todo, se miran entre ellos y se tiran el fin de semana trabajando para arreglarlo bien, a la perfección. En mi mundo, que es el software, que no es algo de vida o muerte, si se rompe algo el viernes puedes hacer una chapuza y el lunes arreglarlo bien. Esto, al principio, asustaba mucho a los japoneses que trabajaban a mi alrededor, pero ahora se han acostumbrado y hasta usan la palabra: “Héctor, hazme una chapuza”. Otro claro ejemplo de japoneses y españoles mirándose desde cada uno de los extremos del puente. Arreglar algo a medias y sin remordimientos de un modo que permita disfrutar un poco de la vida. Pero sin acumular chapuzas, claro.

Todo esto de asustarse ante los imprevistos recuerda al pasado accidente nuclear y la sensación de descoordinación que los medios de comunicación transmitieron al principio del desastre. Héctor opina que la cultura japonesa tiene pánico a la improvisación, pues culturalmente todo se basa en protocolos: “Les cuesta tomar decisiones. De hecho, los primeros que llegaron a Fukushima fueron, curiosamente, los soldados americanos. Los portaviones más grandes de USA se encuentran en el Pacífico”.

Este perfeccionismo japonés en el que la improvisación apenas tiene cabida se aprecia en cada rincón del país. El metro de Tokio, por ejemplo. Se trata de una línea de transporte perfecta. Cada estación está numerada, además de poseer su propio nombre. En Japón todo tiene su numerito, su etiqueta correspondiente, y así es imposible perderse. Las empresas de transporte contratan a personal que realiza recorridos aleatorios para comprobar que las indicaciones pueden seguirse con facilidad. Se salga de donde se salga, siempre va a haber flechas o alguna indicación visualmente necesaria. Si hay un error, no es por culpa del sistema. Probablemente el error seas tú.

Sin embargo, tanta perfección implica una contrapartida arriesgada: el peligro de acostumbrarse a que las cosas funcionen siempre, pues en esa confianza puede que estribe su propia debilidad. Tal vez los españoles debamos sentirnos orgullosos de nuestra capacidad de improvisación. De salirnos del plan. De idear chapuzas. Una virtud tan nuestra y tan especial.

“En España somos buenos cuando se nos mete algo en la cabeza y decimos “por mis cojones” —afirma Héctor—. Eso es un valor muy español: nuestra cabezonería, algo que tenemos que explotar más. Es una cosa española tan brutal… Si alguien se empeña en algo, seguro que lo consigue”.

No hace falta ir muy lejos para comprobarlo. Puede apreciarse en el mismo Instituto Cervantes de Tokio. Allí, Teresa Iniesta confiesa que los casi 50.000 euros anuales que recibe el Instituto para sus actividades culturales son insuficientes y por eso el equipo se ve obligado a buscar dinero de los modos más inusuales: alquilando espacios para grupos flamencos o incluso buscando ayuda en compañías privadas. ”El año pasado conseguimos que la Turkish nos patrocinara. Hay unos objetivos anuales que cumplir. Ahora ha llegado Iberia. De momento, estamos contentos”. Sin embargo, Teresa confiesa que hace falta mucho tesón y tiempo para que el balance salga positivo: “Estamos cansados de trabajar bajo mínimos. Todos hacemos el trabajo de varias personas”. Un ritmo muy a lo japonés del que esperan ir remontando, pues cuando el horario laboral de Japón concluye, comienzan a llegar los mails desde España.

Los seres humanos son permeables, han de adaptarse a su entorno. Se percibe en esta mezcolanza laboral de actitudes y condicionamientos culturales. Pero, ¿qué hay del alma de la persona? ¿Cómo afronta una larga estancia tan lejos de su país de procedencia? Es evidente que Tokio no es igual para alguien que vive allí que para el turista que lo visita.

“Cuando llegas, te encuentras todo esto y dices: “acostumbrado al bullicio, ¿yo cómo voy a trabajar aquí?”—relata Antonio Gil—. Esto es una sociedad silenciosa en una megalópolis de 35 millones de habitantes. A veces te crees que estás en un pueblo porque no hay ruido. Puedes comer en el suelo de la limpieza. Ves cosas tan extrañas como que te multen por fumar en la calle y que sí esté permitido, en cambio, dentro de un restaurante —el motivo es no dar mal ejemplo a los niños ni que las colillas ensucien las aceras—. Las mascarillas se usan para no contagiar si estás resfriado, no solo por la polución. Es una sociedad diseñada para no molestar a los demás. Esto los hace muy individuales y muy independientes. Si tú no entras en contacto es muy difícil hacer amigos. La sociedad es fría. Para un español es difícil vivir aquí”.

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